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Blasdelezos

El 9 de mayo se celebra la victoria de la Unión Soviética contra la Alemania nazi. Otro bulo de Putin. Todos sabemos que la Segunda Guerra Mundial la ganaron los americanos y que los soviéticos fueron unos cobardes a los que les libró de la derrota el frío y la inmensidad de sus espacios.

No, no es una broma: se lo he oído decir sin pestañear a los blasdelezos ibéricos, y sus plumíferos lo expresarán sin sonrojarse en periódicos y televisiones. Que el ochenta por ciento de la Wehrmacht pereciera en el Frente del Este y que los soldados alemanes se tomaran como un permiso el ser destinados a los campos de batalla de Italia y de Francia se debe a que eran muy frioleros. Fueron las pulmonías y la falta de ropa de abrigo, no los T–34, quienes acabaron con la máquina de guerra nazi entre 1941 y 1945. No lo olvidemos, a nosotros (incluso a los neutrales españoles) nos “liberaron” los anglosajones. Lo que hacen los rusos al celebrar su victoria es “privatizarla”, robársela a quienes de verdad derrotaron a Hitler. Para el blasdelezo ibérico —estratega de café que no ha leido ni a Clausewitz, ni a Jomini, ni sabe lo que fue la doctrina Sokolovskii..., ni le importa—, apellidos como Kóniev, Rokossovskii o Zhúkov le suenan a futbolistas del Dinamo de Moscú; y Kursk, Stalingrado, Budapest o Berlín son batallas que no se habrían podido ganar sin la ayuda esencial del soldado Ryan.

Curioso personaje nuestro blasdelezo, patriota que brinda con versos apócrifos de los Tercios, que se envuelve en la bandera de la Cruz de Borgoña y que grita que Gibraltar es español a grito pelado. Sin embargo, este heroico vástago de la España imperial —aquella en la que sus antepasados fueron unos pobres destripaterrones—, este sublime guerrero con coche alemán y contabilidad dudosa, es el primero en desfilar, como la inevitable cabra de la Legión que lleva en el alma, cada vez que los anglosajones meten al resto del mundo en una pelea que ellos pagan, pero en la que no luchan. Por algo son “nuestros” libertadores. Y allá va blasdelezo, a defender la noble causa de los que aún siguen mangoneando y pirateando desde Gibraltar.

Ya hemos visto al blasdelezo mayor del Reino afirmar todo orgulloso que su héroe es Zelenskii, el de los millones de dólares de los Papeles de Pandora en paraísos fiscales; el gauleiter de Biden y jefe de uno de los regímenes más corruptos del mundo, al nivel de Níger y Malí, según la Organización para la Transparencia Internacional. ¿Recuerda alguien el Informe Especial 23/2021 del Tribunal de Cuentas de la Unión Europea sobre los desmanes financieros del régimen ucraniano? ¿Nadie guarda memoria ya de los repetidos fracasos del Servicio Europeo de Acción Exterior para frenar los atracos al erario público de los gángsters de Kíev? ¿Saben los blasdelezos que Zelenskii es el testaferro de Igor Kolomoiskii, al que el 5 de marzo de 2021 el Departamento de Estado americano le prohibió la entrada en el país por ladrón (estafó 5.000 millones de dólares a sus cuentacorrentistas) y que fue quien pagó la campaña electoral del arlequín del Dniéper? ¿Para qué cuentan los blasdelezos con tres eurodiputados? Esta gente sólo se parece al Blas de Lezo histórico en una cosa: en que son medio hombres; su parte espiritual, su intelecto, es una despensa vacía: ¿esta gente piensa? Ladran contra las agendas mundialistas y cargan contra Putin, que es el enemigo público número uno del globalismo. Es decir, para acabar con la plutocracia global atacan al único gran poder que la desafía.

¿Sabría decir cualquier blasdelezo ibérico el nombre de un poeta ucraniano? ¿Sabría colocar el mar de Azov en el mapa o nombrar más de dos ciudades rusas? Cosas de intelectuales y masonazos: basta con que alguien se asome al balcón y grite “¡Rusia es culpable!” para que los reflejos de perro pavloviano del blasdelezo patrio se activen. El recuerdo del Oro de Moscú hace bombear la negra sangre del corazón avaro de la derechona española. Entre Torquemada y Shylock, blasdelezo pide su libra de carne rusa mientras prostituye a su patria en el burdel de la Alianza Atlántica. ¿Cómo es posible que la carcundia nacional sea tan sanguinaria con un país con el que nunca hemos tenido un conflicto serio y en cambio oficie muy gustosa de felatriz de los anglosajones, con los que sí debemos de ajustar cuentas pendientes? ¿Será por la influencia de las hienas meapilas de Varsovia, dispuestas a trocear Ucrania una vez que Rusia haya soltado su cadáver? Pensemos un poco: ¿es Rusia quien nos obliga a traicionar a los saharauis y a entregar una baza triunfal a Marruecos? ¿Es Rusia quien arma a Rabat? ¿Es Rusia quien coloniza Gibraltar, quien impone la ideología de género y la religión del cambio climático? ¿Es Rusia la creadora de Gayropa?

Da igual, blasdelezo sigue en sus trece: Rusia es culpable porque atacó a la inocente Ucrania. Nadie le sacará de ahí; ni los ocho años de agresiones contra la población rusa del Donbass, ni el rechazo público de Zelenskii a cumplir los acuerdos de Minsk, ni el plan de ataque a Donetsk y Lugansk preparado por Kiev para el uno de marzo, ni nada. Londres y Washington ordenan y blasdelezo obedece. Blasdelezo ya pontificaba el 24 de febrero que a Putin ya no le quedan misiles ni gasolina ni víveres, que en cuatro semanas la economía rusa colapsaría y que el rublo dejaría de cotizar. ¿Ya no nos acordamos de esas profecías? ¿Y de los diez generales aniquilados por los francotiradores ucranianos? Uno de ellos, Gerásimov, ya ha sido matado dos veces. ¿Y lo de Kramatorsk? ¿Y lo de Bucha? De repente ya nadie habla de ello. ¿Por qué será? A estas alturas, y según los expertos militares de ABCEl Mundo y demás medios defensores de la Constitución del 78, los ucranianos deberían de estar cercando Moscú, donde un Vladímir Putin, al que le han diagnosticado cáncer, párkinson y depresión, agoniza como el Borís Godunov de las tragedias rusas. Un enigma que nunca he comprendido es cómo un ejército tercermundista, mal armado, hambriento, dirigido por borrachos, es capaz de tomar por asalto el ochenta por ciento de Mariúpol (400.000 habitantes) en poco más de diez horas frente a catorce mil bien armados ucranianos. ¿Y cómo es posible que gocen de una insultante supremacía aérea frente al Fantasma de Kíev? ¿Y por qué han desertado la inmensa mayoría de los mercenarios occidentales que iban a Ucrania a divertirse matando rusos? ¿Y por qué las milicias del Donbass disponen de cantidades ingentes de armas occidentales, de esos míticos javelins? ¿Se las compran al enemigo? ¿Y por qué cuando se toma una posición ucraniana se encuentran siempre verdaderos alijos de anfetaminas, en especial de Captagon, la droga del yihadista? En definitiva, si los estándares profesionales del ejército ruso están tan bajos, ¿por qué no interviene la OTAN y acaba en un par de semanas con el régimen de Putin? Para gente tan preparada y valiente como los americanos, esto es cuestión de coser y cantar. Al menos, eso es lo que piensa blasdelezo en la terraza de su café, mientras deleita su espíritu con los patrióticos compases de Manolo Escobar, su Wagner.

Por Sertorio

Fuente: El Manifiesto

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