El pasado viernes 27 de julio, el Consejo de Ministros completó la tardía renovación de la cúpula militar, designando a los nuevos jefes del Estado Mayor del Ejército de Tierra, general Jaime Domínguez Buj; del Ejército del Aire, general Francisco Javier García Arnáiz, y de la Armada, almirante Jaime Muñoz Delgado y Díaz del Río.

Nada tenemos que objetar sobre dichas designaciones, referidas a cargos de confianza política y, como tales, señalados de forma libre y legítima por el gobierno de turno. Máxime cuando los nuevos miembros de la cúpula militar son en efecto “trabajadores, discretos, honrados y leales... Es decir, muy buenos militares”, como ha manifestado el propio ministro de Defensa, Pedro Morenés, y se reconoce de forma generalizada en el ámbito de sus respectivos ejércitos.

Sin embargo, el nombramiento ha sido absurdamente pospuesto durante más de siete meses, creando durante ese tiempo un inconveniente clima de provisionalidad en el conjunto de las Fuerzas Armadas, especialmente perjudicial en momentos de grave recesión económica y de importantes reformas internas, tanto en el ámbito del personal como en el funcional y estructural. Está claro que una cúpula militar “saliente” se ha visto forzada a participar en unos planes de reorganización que quedaban ya fuera de su horizonte profesional, mientras que la “entrante” se encuentra obligada a desarrollarlos sin haber participado directamente en su diseño.

Tratándose de unos nombramientos inevitables, y desde luego acertados, no cabe la menor duda que debieron haberse producido mucho antes, evitando también una imagen del ministro Morenés de remisa capacidad de decisión, que tampoco ha beneficiado la del propio Gobierno, afectado por la misma identidad de displicencia e incapacidad ejecutiva. Dicho de otra forma, este mismo relevo de la cúpula de los tres ejércitos, hubiera sido más celebrado de haberse producido en el tiempo oportuno.

El argumento de retrasar dichos nombramientos para “despolitizar” las Fuerzas Armadas, separando lo político de lo militar, esgrimido por Morenés cuando el acoso mediático por su renuencia a la renovación de los JEMEs comenzaba a hacer mella en su imagen política, es decididamente pueril e impropio de quien dirige un ministerio donde la facultad del mando es decisiva. Quiera o no quiera el señor Ministro, y antes como ahora, la politización de las Fuerzas Armadas a partir del ascenso a General de Brigada o a Contralmirante (y con la desastrosa Ley 39/2007, de la Carrera Militar, incluso desde el ascenso a Coronel o Capitán de Navío), es evidente como consta en la normativa legal afecta.

Otro aspecto inocultable de esta politización, es que aun en el caso que nos ocupa, el ya nombrado Jefe del Estado Mayor del Aire (JEMA), ha tenido que ser ascendido “políticamente” desde el empleo de General de División al de General del Aire; por cierto, debido a que también con criterios “políticos” anteriormente fue postergado en el ascenso a Teniente General. En todo caso, esta práctica de doble ascenso simultáneo, ya habitual, reafirma el hecho de que los ascensos a Teniente General o a Almirante también son excesivamente discrecionales y que no siempre se otorgan a los mejor preparados para que los JEMEs puedan extraerse normalmente de dicho empleo militar.

Con independencia de estos comentarios, nuestra web no duda en dar la más sincera enhorabuena a los tres reconocidos militares que acaban de asumir la Jefatura del Estado Mayor de sus respectivos ejércitos, deseando que tengan la mejor andadura posible en su nueva etapa profesional. Y que en su leal servicio al Gobierno (y no al partido que lo sustenta) nunca olviden su prioritario servicio a España y a la Institución Militar de la que forman parte y a la que, desde ahora, representan en su máximo nivel.

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

RECOMENDAMOS

El Tiempo por Meteoblue