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El manifiesto de 150 intelectuales en defensa de la libertad de expresión publicado por «Harper’s» continúa mandando señales sísmicas en el mundo cultural estadounidense. Algunos autores han pedido que su firma sea retirada: nunca habrían figurado si hubieran sabido la clase de compañía que les esperaba. Desde las redes sociales y no pocos medios se acusa a los intelectuales de pertenecer a una casta en declive, a un club de hombres blancos, occidentales, viejos y heterosexuales, por más que en la misiva figuren descatadísimas varias mujeres, homosexuales, negros, etc. Resulta por ejemplo llamativa la columna de Phoebe Maltz Bovy en el «Washington Post», donde poco menos que pide disculpas por haber firmado, ridiculiza a no pocos de quienes la acompañan y estima que sí, que la cultura de la cancelación existe, pero no para los privilegiados abajo firmantes. Coordinado por Thomas Chatterton Williams, colaborador de la publicación «NYTimes Magazine», «Harper’s», la American Academy en Berlín y el Einstein Forum, el manifiesto reúne en un mismo papel los nombres de Martin Amis, Anne Applebaum, Margaret Atwood, Noam Chomsky, Sean Wilentz, David Brooks, Ian Buruma, Jeffrey Eugenides, Cathy Young, Francis Fukuyama, Taufiq Rahin, Wynton Marsalis, etc.

Entre los destacados firmantes también figura Steven Pinker, objeto esta misma semana de un ataque coordinado por 293 académicos: piden que el autor de «La tabla rasa» y «En defensa de la Ilustración» sea expulsado de la Sociedad Lingüística de América. No falta la autora de Harry Potter, J. K. Rowling, que cometió el pecado de escribir hace poco un tuit humorístico a cuenta de los debates sobre el género y las tendencias anticientíficas de quienes aspiran a zanjar toda biología con el espadón del constructo cultural. «La gente que menstrúa…», escribió Rowling, «Estoy segura de que había una palabra para designarla, a ver si me echáis una mano. ¿Mojures? ¿Mujores? ¿Mejures?». La reacción en contra, furibunda, ha convertido a Rowling súbitamente en el equivalente contemporáneo de los peores inquisidores. No está sola en el infierno: también firma Salman Rushdie, que inauguró en tiempos recientes las cacerías contra los intelectuales de la forma más radical posible: con una fatwa de un millón de dólares por su cabeza, proclamada por el Ayatolá Jomeini.

Pánico a ser señalado

Curiosamente, algunos de los que ahora escriben en defensa de la libertad de expresión y pensamiento no movieron un dedo cuando el autor de «Los versos satánicos» era señalado por los homicidas fundamentalistas: entre la izquierda estadounidense, incluso entre la que todavía milita firmemente en los ideales ilustrados y los valores de la democracia liberal, hay pánico a ser señalado de islamófobo. Sucedió algo similar cuando años más tarde, tras la masacre cometida por yihadistas contra los redactores y dibujantes de la revista satírica «Charlie Hebdo».

El Pen Club homenajeó a los supervivientes con el Toni and James C. Goodale a la Libertad de Expresión y un puñado de escritores, entre otros, Junot Díaz, Peter Carey, Rick Moody, Joyce Carol Oates, Wallace Shawn, lamentaron el galardón y acusaron a los de «Hebdo» de fomentar el odio contra la religión islámica, cebándose con los más débiles, «una población de por sí marginada, golpeada y victimizada, víctima del legado colonial francés». Curiosamente, poco después el propio Díaz sufriría otra de las cacerías habituales de estos tiempos, propias del MeToo, que catalogan de depredador sexual sin tomarse la molestia de pasar por los tribunales, como también les ha ocurrido a Plácido Domingo y al profesor Francisco Ayala, o directamente ignorando lo que dictaron los jueces, como sucedió con Woody Allen, cuyo supuesto caso ni siquiera llegó a juicio. Dice Bovy que «en el debate sobre la libertad de expresión las voces que más se escuchan son aquellas cuya fama y fortuna aumenta con cada intento de cancelación. Para un puñado de personas, ser considerado problemático es un premio». Excepto, imaginamos, en el caso de Woody Allen, que ya no puede estrenar en Estados Unidos. En la carta coordinada por Williams leemos que «la restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica invariablemente a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente».

Williams celebra en Twitter el rango ideológico de sus correligionarios, unidos todos contra la mordaza. Al mismo tiempo, apunta, «muchas personas que conozco y admiro nos han dicho en privado que estaban de acuerdo pero que tenían miedo de firmar. Por eso esta declaración es necesaria». No admite, en cambio, algo que parece estar pasando desapercibido, o sea, que la carta señala sin paliativos al populista Donald Trump, y es justo y necesario: no se trata de un columnista, un presentador de televisión, un ensayista laureado, un astro de Hollywood, un predicador sonado o el líder de alguna organización civil que defienda erradicar la policía o abolir la propiedad privada, sino de nada menos que del presidente de los Estados Unidos. Pero aunque acto seguido enumera también muchos de los excesos cometidos desde el sector de la izquierda iliberal no se atreve a nombrarla. Y eso que la retroizquierda, o izquierda reaccionaria, monopoliza las campañas contra la libertad de expresión en los últimos tiempos, las cruzadas contra la separación de poderes, los intentos por boicotear a la gente molesta y enterrar en vida a quienes desaprovechan sus catecismos o ignoran sus reglas.

La izquierda ofendida, la izquierda identitaria, gana por goleada a sus modelos de la derecha iliberal. Parece haber aprovechado con saña y gusto las herramientas coercitivas propias de los censores puritanos, a los que añade, eficacísima, el plus de superioridad moral de quien rema a favor de corriente y se sabe emperadora del relato político contemporáneo. La cuenta de los últimos sucesos resulta tan ensordecedora como inagotable. Ahí tienen al editor del «Philadelphia Inquirer», Stan Wischnowski, despedido por un titular; a James Bennet, jefe de Opinión del «New York Times», obligado a dimitir por un artículo de un senador republicano; a Claudia Eller, editora de «Variety», obligada a dimitir por polemizar en redes sociales con una colega de ascendencia asiática, Piya Sinha-Roy. Harald Uhlig, profesor de la universidad de Chicago, despedido de la Reserva Federal del Banco de Chicago y el «Journal of Political Economy» por criticar los postulados más radicales del Black Black Lives Matter. Y el boicot al biólogo Richard Dawkins. Y la petición para retirar los cuadros de Balthus del MET. Y los escritores censurados antes de publicar porque sus novelas podrían incurrir en la llamada apropiación cultural y/o indignar a alguna minoría. Y los ataques contra la actriz Scarlett Johansson por aceptar un papel de asiática y otro de «trans». Bienvenida sea la carta de los intelectuales por mucho que algunos lleguen tarde, otros reculen y, en general, sea temible la reacción de sus supuestos partidarios. Al menos, Bovy, en su alegato/disculpa, reconoce que «el mensaje de la carta es válido». «Tal vez necesitamos hacer las paces con unos mensajeros menos que óptimos y encontrar una manera de escucharlos». Quiere decir que los encuentra detestables, pero que a lo mejor conviene atender también a los argumentos de gente que le provoca náuseas.

Análisis: Es hora de que la izquierda diga NO a la cultura de la cancelación

Juan Soto Ivars

La cultura de la cancelación es el nombre del movimiento de izquierdistas autoritarios que campa a sus anchas por Occidente. Se manifiesta en internet, las universidades y los medios de comunicación. Su punto de partida es que la cultura, el arte y las palabras son peligrosas para las mujeres y las minorías: una idea discutible, por no decir lunática, que pretenden convertir en un dogma con las broncas típicas de la corrección política.

Desde ese punto de vista, quien publique obras heréticas, demuestre tener comportamientos impuros o mantenga opiniones disolventes ha de ser borrado del mapa mediante el linchamiento, la censura y el boicot a sus fuentes de financiación. Es un movimiento estéril en lo creativo e hiperactivo en la crítica destructiva. Les encanta decir lo que otros pueden o no pueden hacer, pero no leeréis jamás un buen libro salido de ese criadero de policías del pensamiento.

El #MeToo fue la puesta a prueba del poder de la cultura de la cancelación. Bastaba una acusación no probada para que grandes estrellas de cine, la prensa o el mundo del espectáculo saltasen en pedazos: a veces caían tiranos y otras inocentes, daba igual. El señalamiento anónimo era suficiente para que individuos se quedasen sin nada, y no había defensa posible para ellos: los activistas ponían en su lista negra a quien les discutiera.

El silencio de muchos izquierdistas escamados por la cacería podía explicarse porque compartían los fines (acabar con el acoso), pero a veces creo que lo que lo explicaba era el miedo al señalamiento. En privado, mucha gente decía cosas que en público no decía ni Dios. ¿Quién, sino un machista, podía oponerse a ciertas acusaciones lunáticas? ¿Quién, sino un racista, puede oponerse hoy a las numerosas chaladuras agazapadas en el polimorfo Black Lives Matter?

La cosa está así

Hoy bastan unos tuits, un chiste, un error personal o la decisión de interpretar un papel en una película para que se desencadene el movimiento digital que, en el peor de los casos, dará al traste con la reputación de la víctima, y en el mejor culminará con una disculpa patética. El miedo a los activistas forzó esta semana a que Halle Berry dijera no a interpretar un personaje transgénero, y a que publicase un texto de plantilla donde recitaba el salmo de los actores: que había “aprendido mucho” y ahora era “sensible”, cual hereje arrepentido que recibe el bautismo.

Allí ya ponen las barbas a remojar ante el primer graznido del móvil. No quieren que les pase lo que al matrimonio de profesores Erika y Nicolas Christakis, que se vieron obligados a irse de Yale porque habían defendido con un 'e-mail' que los alumnos se disfrazasen en Halloween con libertad, y fueron perseguidos y arrinconados por los propios alumnos. O lo que al ingeniero James Damore, trabajador de Google que acabó despedido por sostener la opinión, en un debate promovido por su empresa, de que quizás había pocas mujeres en departamentos de ingeniería porque existe una disparidad en los intereses masculinos y femeninos de origen biológico.

De la misma forma que Halle Berry no quería hacer daño a nadie por aceptar el papel de un personaje transgénero, ni los Christakis ni Damore insultaron, ofendieron o fueron escandalosos: expusieron sus opiniones con absoluto respeto, y fueron atacados sin piedad por multitudes de ortodoxos, celebrados por una prensa dócil a los eslóganes, que consideraba que unas palabras son suficientes para condenar a cualquiera por agresión.

Estos ejemplos, que se cuentan por cientos, han permitido hacer y deshacer a su antojo a esa izquierda autoritaria, sin el más mínimo contrapeso de una izquierda liberal, que lleva años escondida debajo de la mesa, rezando por que no le toque el sambenito. Pero la gente está empezando a perder la paciencia. Estos días, un grupo de intelectuales de izquierdas y derechas ha firmado un manifiesto en 'Harper's' contra la dinámica autoritaria de la izquierda.

Entre los firmantes, había algunas voces que sí se han opuesto durante estos años a las cazas de brujas, como Steven Pinker o Mark Lilla. El manifiesto llama con educación a combatir la cultura de la cancelación, a recuperar el espacio liberal y tolerante en los debates públicos, y los ortodoxos no han tardado ni tres minutos en reaccionar con las típicas soflamas idiotas (los firmantes están blanqueando el fascismo y contribuyendo a la opresión de millones inocentes) que siguen asustando tanto a los izquierdistas cobardicas de bien.

La cultura de la cancelación no puede ser combatida desde la izquierda sin riesgo de ser cancelado, y por el momento ya son dos firmantes los que han retirado su nombre del manifiesto.

Hora de frenar a la izquierda autoritaria

Lo que demuestra ese manifiesto firmado por gente de izquierdas y derechas es que el combate del presente se da entre autoritarios y liberales, no en el sentido de la economía, sino en el de la transigencia y el respeto por la libertad ajena. En los últimos años, los liberales de izquierdas han permanecido acojonados por lo que pudiera decirles a gritos cualquier tuitero resentido. Es hora de perder el miedo y reconocer que la izquierda autoritaria no se representa más que a sí misma, y no tiene jurisdicción para decidir quién es un enemigo de las mujeres, los negros o los homosexuales.

Es hora de plantar cara desde dentro. De decir basta a los castigos infamantes y escarnios públicos en nombre de un paraíso que nunca termina de llegar. De defender abiertamente la libertad de expresión de quien no piensa como uno. De recuperar para la izquierda la incorrección política, el libertinaje, el gusto por la travesura. De permitirnos el mal gusto cuando nos apetezca y sin que nadie pueda utilizarlo para demostrar ante un puñado de periodistas adictos a la virtud que nuestras intenciones secretas son el sometimiento de las minorías.

Es hora de abandonar el dócil “comparto tus fines”, el baboso “aprendo mucho de tus broncas” cuando esta izquierda autoritaria nos salta al cuello. No: ni aprendo de tus broncas cuando me insultas desde tus prejuicios puritanos, ni comparto tus fines cuando persigues a quien no piensa como tú.

Es hora de acabar con la cultura de la cancelación y explicarles que Karl Popper no les dio permiso para justificar la censura. Basta ponerles un espejo delante del bigote estalinista para que se vea a quién se refería el filósofo con "los enemigos de la sociedad abierta".

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