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José Negrón Valera. Al concluir las mega elecciones en Venezuela, donde se eligieron a los gobernadores, alcaldes y miembros de los consejos legislativos, llaman la atención sus resultados, pero aún más las distintas versiones que los interpretan.

El Gobierno se ha hecho con la mayoría de los cargos en disputa. El presidente Nicolás Maduro lo tildado los resultados como un “buen triunfo, buena victoria, buena cosecha” y agradeció al “pueblo venezolano por entregar dicha victoria”.

Del lado de la oposición, la lectura de los resultados se ha centrado en los triunfos sorpresivos en estados históricamente dominados por el chavismo, como Cojedes, y en el retorno al poder en la gobernación del estado Zulia, uno de los más importantes del país, por sus características geostratégicas.

Algunos analistas situados en diferentes posiciones del espectro político, añaden más detalles. Por un lado, hablan de una “victoria de la oposición”, al considerar de manera global los votos nacionales alcanzados, en contraposición a los conseguidos por el chavismo, lo cual, desde su parecer les abre una “ventana de oportunidad” en los retos electorales para los años que vienen.

Otras visiones consideran que el gobierno venezolano ha salido fortalecido al encauzar de nuevo a la oposición política en el camino electoral, alejándola de las estrategias de desestabilización y de sus planes de golpes de Estado.

Aunque las opiniones están a la orden del día y calzan a la medida de las partes interesadas, el papel del analista no es el de agradar, sino el de decir la verdad. Tal como lo explicaba el estudioso de la guerra Lidell Hart, esa es la responsabilidad del “profeta”. La tarea del liderazgo sería actuar o no en consecuencia.

Analistas, no cortesanos

En el libro Las 48 leyes del poder, Robert Greene nos recuerda que una de las máximas que deben respetar aquellos que pretendan permanecer dentro de los círculos más cercanos al poder es “Desempeñarse como el cortesano perfecto”.

En un viaje a través de diversas anécdotas históricas, Greene detalla las razones por la que a los líderes les cuesta lidiar todo el tiempo con “los pájaros de mal agüero”, entiéndase, aquellos consejeros que suelen siempre traer malas noticias o brindan el ángulo más incómodo cuando se analiza una determinada situación que afecta a los gobernantes.

Explica Greene que “en la corte, la sinceridad es el juego de los tontos” y advierte que nunca se debe ser “tan soberbio” como para creer que a quienes detentan el poder les gusta escuchar las críticas que se le hacen “por justas que sean”.

El triste resumen que nos plantea el autor es que el foso de la historia está repleto con las cabezas de los consejeros que dieron su opinión sincera sin importarles lo incómoda que esta resultó ser.

Aunque la máxima que provee Greene bien puede servir de manera individual a alguien deseoso de mantener su posición de cortesano, no conviene a los líderes en el largo plazo y mucho menos a los pueblos que esperan que sus líderes tomen las mejores decisiones.

Mientras las opiniones de los analistas políticos saturaban las redes sociales, se mezclaban sus análisis con las preocupaciones cotidianas de la gente. Desde los bajos salarios y quejas por los servicios públicos, hasta consideraciones que podrían sonar anecdóticas pero que no lo son, como el retorno de la economía informal al llamado Boulevard de Sabana Grande, uno de los sitios icónicos de la capital de Venezuela.

Al leer la conjunción de visiones, recordé el famoso pasaje del libro de Max Brooks, Guerra Mundial Z, en el que el autor escudriñaba el verdadero espíritu que debe guiar el proceder del análisis estratégico y de quienes toman parte en él:

“Desde 1973 en adelante, si nueve analistas de inteligencia llegaban a la misma
conclusión, era obligación del décimo llevarles la contraria. Sin importar qué tan remota o absurda pudiese ser una conclusión, uno siempre debía investigar más a fondo. Si la planta nuclear de un país vecino podía ser usada para fabricar plutonio para armas, uno investigaba; si se corría el rumor de que algún dictador estaba construyendo un cañón tan grande que podía disparar cápsulas de ántrax a través de países enteros, uno investigaba; (…) uno investigaba e investigaba hasta dar con la absoluta verdad”.

Este párrafo, que popularizó lo que se conoce como “La teoría del décimo hombre”, me hizo pensar sobre las formas, a veces ligeras, con que solemos cantar victoria. Volví sobre los resultados electorales y después de evaluar los números y desprenderme de la necesidad de agradar, formulé una hipótesis arriesgada: ¿podrían dos victorias más como estas acabar con la Revolución Bolivariana?

El abogado del diablo y el Equipo Rojo

En 1234, la Iglesia Católica Romana, en manos de Gregorio IX creó un cargo dentro de la jerarquía eclesiástica. Conocido como “Abogado del Diablo”, dicha responsabilidad consistía en “desafiar las supuestas virtudes y los milagros de los nominados para la santidad”, detalla el investigador Micah Zenko en su libro Equipo Rojo.

Dicha noción, hoy día, se relaciona con una persona que muestra una actitud escéptica a alguna opinión apoyada mayoritariamente por otros y que, además, argumenta en contra de ella.

En el mundo militar, esta figura de 'Abogado del Diablo' fue convertida en parte de una metodología al servicio de la inteligencia y fue conocida como 'Red Team' o 'Equipo Rojo', en alusión al “enemigo”, y contrario al 'Blue Team', quien viene a ser el “aliado o amigo”.

El 'Equipo Rojo' es un proceso estructurado que busca comprender mejor los intereses, intenciones y capacidades de una institución —o un competidor potencial— a través de simulaciones, sondas de vulnerabilidad y análisis alternativos.

Aunque el 'Equipo Rojo' posteriormente se adoptó en una amplia gama de campos y se adaptó a diversas necesidades, sigue siendo lamentablemente poco explorado y severamente subutilizados por salas de juntas corporativas, comandos militares, firmas de seguridad cibernética e innumerables instituciones que se enfrentan a amenazas, decisiones complejas y sorpresas estratégicas.

Al emplear un 'Equipo Rojo', las instituciones pueden obtener una nueva perspectiva sobre cómo hacen las cosas. Puede ayudarles a revelar y probar suposiciones no declaradas, identificar puntos ciegos y a mejorar su rendimiento.

El uso de la metodología del 'Equipo Rojo' va dirigido como lo expone Zenko, no sólo a actuar como 'Abogado del Diablo' en la concepción que tradicionalmente se tiene, es decir, al usar la contra argumentación para arrojar luces sobre una determinada vulnerabilidad, a lo interno de una institución o tarea. Se trata por encima de todo, de una perspectiva para “abordar las decisiones importantes” y “garantizar que una decisión crucial sea la correcta”.

Uno de los preceptos en los que se apoya la idea del 'Equipo Rojo' aplicado al ámbito de la toma de decisiones estratégicas es resumida por Zenko de la siguiente forma: “no puedes calificar tu propia tarea”.

Es decir, necesitas de una mirada externa y muchas veces inflexible sobre tu propio proceder. Ninguna guerra se ha ganado con opiniones complacientes.

¿Qué debe atender este 'Equipo Rojo'?

El analista Carlos Lanz, consideraba que “no era sólo el cambio de régimen el objetivo de Estados Unidos en Venezuela”. Para Lanz la prioridad del Pentágono era “revertir los procesos de transformación y de reivindicaciones sociales alcanzadas por Chávez, así como destruir la esperanza de que existieran proyectos alternos distintos al capitalismo que tuviesen éxito en la región latinoamericana”.

Tal como se explica en este esclarecedor artículo, Lanz consideraba que la doctrina de asedio de Obama estaba dirigida a impulsar un rollbacko una "derrota estratégica" del modelo chavista. Devolver a Venezuela “a la IV República con el Acuerdo nacional para la transición de la (coalición de partidos opositores reunidos en la llamada) Mesa de la Unidad Democrática".

Sobre la base de esta premisa, este Equipo Rojo debe desarrollar un modelo teórico que le permita medir en el largo plazo, si podemos hablar o no de victorias.

Desarrollado con más detalle en el artículo 'Triunfará o Fracasará la Revolución Bolivariana', existen algunas pistas que bien valdría la pena analizar. Esta hoja de ruta para la planificación del gobierno venezolano debería considerar las señales de una realidad que no se cansa de punzar día a día por atención.

Poner en el mapa estratégico el deterioro de las representaciones sociales o los 'mitos unificadores' (pensemos en el chavismo como factor de identidad grupal); el peso que genera la suma de la insatisfacción individual en el cuerpo social; el derrumbe del Estado y su institucionalidad como máxima instancia que gestiona la vida en común y la pérdida de voluntad política de las élites gobernantes, como preámbulo de la derrota no sólo luce necesario, sino vital, si se piensa en la sobrevivencia política a largo plazo.

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