Ernest Milá

En Sant Pere de Ribes, existe la Calle de la Milana. La llamada “Milana”, era mi bisabuela. Dejó huella en el pueblo hasta el punto de que se perpetuó su memoria en una calle situada junto a la casa en la que vivió, allá arriba casi al final de la Calle del Pino.

Se trataba de una mujer enérgica, que diariamente se montaba en el caballo, lo espoleaba y al galope llegaba cubría los cuatro kilómetros distantes hasta la masía de Mas Milà de la Crivillera, donde cultivaba viña. Ni era sufraguista, ni mucho menos feminista: pero era respetada en el pueblo, mandaba, le obedecían hombres y mujeres y, para colmo, tuvo cinco hijos y un feliz matrimonio. Esta pequeña historia familiar me sirve para quejarme de esas neo-feministas de hoy, perdidas en sus delirios antipatriarcales y en sus neurosis sexuales que nunca, absolutamente nunca, serán ni tan libres, ni tan respetadas, ni tan femenina como fue “la Milana” en un pequeño pueblo de El Penedès en las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX.

Creo interesante reconstruir una perspectiva histórica del recorrido realizado por las ideologías antipatriarcales desde el último cuarto del XIX hasta nuestros días.

La primera aparición de esta ideología fue el sufraguismo. Aquellas mujeres aspiraban a votar en un momento en el que solamente podían votar algunos varones (no todos, si sus ingresos eran inferiores a cierto tope). Parecía normal que lo reivindicaran. Aunque hubiera sido mucho más razonable reivindicar que el “sufragio universal” se extendiera a todos, hombres y mujeres. Pero a las sufraguistas solamente les interesaba su género. Es curioso que entre ellas encontremos a muchas que alternaban esta militancia con su presencia en las logias masónicas mas ubicadas a la izquierda (una de ellas, Marie Deraismés fue co-fundadora de la obediencia Derecho Humano que aún existe, incluso en España, como representante de la masonería más izquierdista) o bien a agrupaciones ocultistas que difundían las más peregrinas tesis “seudo espiritualistas” (la propia Annie Besant, presidenta de la Sociedad Teosófica, era una de ellas). Desde entonces, siempre ha existido una “componente mágica” en el feminismo. También encontramos feministas (o, mejor, sufraguistas, hablando con propiedad) en el espiritismo norteamericano y europeo situado en el gozne entre los dos siglos.

Seamos claros: es cierto que el papel de la mujer en la sociedad burguesa del XIX era muy secundario y que el drama estaba en el escalón social inferior: cuando la mujer proletaria tenía que trabajar en casa, cuidar de los niños y hacer otro tanto como empleada de cualquier hilatura. No fue éste el mejor momento para la mujer, especialmente para la mujer proletaria. Tampoco favorecía el mito bíblico del pecado original, transmitido por el Génesis mosaico a las religiones monoteístas en el que la mujer quedaba como la tontorrona que se comía la manzana y difundía el “pecado original” condenando a la humanidad a este valle de lágrimas.

Llegó la Primera Guerra Mundial y millones de hombres fueron movilizados en los frentes. La mujer debió de ocupar los puestos libres en las fábricas. No es extraño que, luego, tras la guerra se le reconocieran algunos derechos: en realidad, solo uno, de votar. Era poco, pero era algo. Y lo más interesante: se le concedió no gracias, precisamente, a las izquierdas, que preveían que el voto femenino favorecería a las fuerzas conservadores, como así ocurrió en la España de noviembre de 1933 que volcó el clima generado desde el 14 de abril de 1931, cuando el país quedó en manos de las izquierdas quemaconventos y matacuras (las calificamos así, simplemente, porque esta era la imagen de marca que les gustaba tener, especialmente tras los incendio de mayo de 1931 de iglesias).

Resulta difícil aceptar hoy que se llame “feminazis” a las feministas más odiosas, si tenemos en cuenta que la mujer se insertó completamente en la sociedad, yendo más allá de su derecho al voto, en la sociedad alemana construida durante el Tercer Reich. A ello contribuyó el que los “machonazis” prosperaron en grandísima medida gracias a la mujer: Hitler tenía un don especial para interpretar en sus discursos los problemas de las mujeres alemanas y les hablaba como alguien que las comprendía. Cuando algunas de ellas, se convirtieron en grandes personajes del Reich (imposible hablar de la documentalística y de la cinematografía alemana sin tener en cuenta a Leny Riefensthal o los progresos en la aviación a reacción sin recordar a Hanna Reitsch), o cuando se revisan las publicaciones de la época y se comprueba que en los campamentos de juventud y en los congresos del partido nazi, la igualdad parecía haberse conseguido y las jóvenes que lucían los emblemas de las organizaciones de juventud, todo induce a pensar que no se trataba precisamente de “feminazis” guardianas de siniestros campos de concentración, sino de, digámoslo ya, mujeres libres.

El final de la Segunda Guerra Mundial supuso una época de progreso indefinido (los “treinta años gloriosos”, de 1943 a 1973, en los que la economía mundial creció y creció más y más). Entonces se produjo un fenómeno interesante. La ley de la oferta y la demanda se empezó a aplicar al mercado laboral: si más trabajadores aspiraban al mismo puesto de trabajo, el patrono podía ofrecerles un salario más bajo que, de otra manera no aceptarían de optar solamente un trabajador a un puesto de trabajo. Y la cuestión era que la mujer suponía el 50% de la sociedad. Generar que ese 50% entrara en el mercado laboral suponía, simplemente, abaratar los costes salariales y tender a que los salarios se redujeran, aumentara el dinero circulante en forma de salarios y, por tanto, aumentara el consumo. No puede extrañar, por tanto, que tras la Segunda Guerra Mundial, en el mundo anglosajón especialmente se empezara a reivindicar la noción de “igualdad”. Dicho de otra manera: las mujeres en la segunda mitad del siglo XX, ocuparon el mismo papel que ocupa ahora la inmigración: depreciar el valor de la fuerza de trabajo, tirar a la baja de los salarios, para permitir rebajar los costos y aumentar los márgenes de beneficio.

Pero, a mediados de los años 60, era preciso transformar esa tendencia del capitalismo en ideología para la mujer. No puede extrañar el que, a partir de entonces, el nacimiento del feminismo moderno fuera auspiciado por las fundaciones capitalistas y por los círculos de influencia (Bildelberg, Trilateral, Club de Roma, etc.). Gracias a ello el feminismo vio cómo aumentaba su influencia y su peso. Era evidente que se apoyaba en algunas reivindicaciones realistas (en algunos países occidentales, la mujer era jurídicamente dependiente del marido, incluso para sacarse el carné de conducir, residuos todavía de la sociedad y del paternalismo burgués del XIX), pero el énfasis se ponía en “la mujer trabajadora”, es decir, se la estaba incitando a que ingresara en el mercado de trabajo, para que así -se decía- pudiera ser independiente económicamente y no tuviera que estar sometida a los caprichos del cabeza de familia que era quien traía el dinero a casa y quien lo administraba. Lo justo, ocultaba el interés ampliar el mercado de trabajo para garantizar salarios cada vez más bajos y beneficios cada vez mayores.

Hacia los años 80-90, daba la sensación de que el feminismo remitía, simplemente, porque se había logrado alcanzar la igualdad. Era cierto que la mujer cobraba menos… pero también era cierto que en las profesiones de mayor valor añadido y en las escuelas técnicas, la mujer estaba casi ausente (en 1975 en la Escuela de Ingenieros de Barcelona, sobre 2.000 alumnos, apenas figuraba media docena de chicas y, aún hoy, en profesiones técnicas la mujer sigue siendo minoritaria… a diferencia de entre el funcionariado, las carreras de letras, derecho y especialmente psicología en donde tiende a ser mayoritaria, es decir, en carreras excesivamente extendidas y, por tanto, con salarios más bajos. Así pues, en los años 90 daba la sensación de que el feminismo había perdido su razón de ser. Por lo demás, las manifestaciones feministas habían remitido.

Y, de repente, ocurrió lo inesperado. Empezó a hablarse de la violencia contra la mujer. Esa violencia existía… pero no en las sociedades occidentales, sino que estaba siendo traída por las oleadas de inmigrantes procedentes del Tercer Mundo en donde, la mujer era desconsiderada y frecuentemente sometida a condiciones medievales de vida, tiranizadas por maridos que las tenían como objetos de su propiedad (mundo magrebí), sociedades en las que el alcohol hacía estragos y generaba violencia (sociedades andinas) o simplemente, sociedades en las que la no existía el concepto de “familia” y la mujer esa, simplemente, un conjunto de agujeros para generar placer del varón (sociedades tribales africanas). ¿Violencia doméstica en Europa? Existía, pero residual: ninguna sociedad, por civilizada que sea, puede evitar tener un porcentaje mínimo de psicópatas que generen actos de violencia. El único elemento sociológico que permitía explicar la violencia doméstica era, simplemente, la llegada masiva de inmigrantes.

En 2004 la situación era la siguiente: ZP, sorprendió a todos con sus medidas: una nueva ley del aborto, una nueva ley sobre violencia doméstica, una revisión de la ley del divorcio, medidas para desvalorizar la familia heterosexual, medidas en favor del mundo gay (en especial en la sensible materia de adopción), pero, sobre todo, lo que sorprendió era el nuevo clima creado. En efecto, las reivindicaciones de la izquierda sobre los derechos de la clase obrera habían desaparecido y se centraban ahora en los derechos de la mujer y en los derechos de la inmigración. Eso era todo. Algo tan absurdo y tan inadaptado a las sociedades occidentales solamente podía tener otro origen, extraueropeo.

Peor fue en la década siguiente, la actual, en la que irrumpió un neo-feminismo, agresivo que parecía el extremo límite del que había llegado con el zapaterismo. Su teorización era inexistente, se reducía a un conjunto de consignas y, sobre todo, a suscitar imágenes de odio incondicional hacia el varón: ya no se trataba de igualar en derechos al varón, sino de castrarlo, de someterlo, de eclipsarlo y de… feminizarlo. Lo que está detrás de esa “ideología” no es una serie de razonamientos encadenados y concatenados, sino un impulso irracional y extremo, que entra dentro de las componentes culturales de la modernidad, no tanto por su calidad argumental, sino porque se le ha dado cancha en los medios de comunicación. La mayoría de sus exponentes precisan asistencia psiquiátrica a tenor de sus razonamientos. Son los síntomas de una enfermedad del siglo XXI: la irrupción del irracionalismo y la superstición en la vida social. Tenía, una vez más, razón Oswald Spengler cuando decía que, tras la caída de la religión tradicional, no sobrevendría un período de racionalidad, sino de supersticiones y creencias insensatas. Y, no menos razón tenía Julius Evola, al proclamar que nuestra civilización vivía de todo lo que las anteriores habían rechazado como simple basura.

¿Qué ha ocurrido para que esto sea así? Si el feminismo de los años 60 estaba aupado por las necesidades objetivas del capitalismo, éste es de otra pasta: sus impulsores son otros. Hay que buscarlos en las supersticiones de algunos mandatarios de la UNESCO, atrincherados en sus cargos burocráticos desde su fundación que opinan que estamos entrando en una “nueva era” (la famosa new age) y que esta era está marcada por la sustitución de los mitos de “Piscis” (el cristianismo) y su complementario, “Virgo” (la virgen que ocupa un papel central en el catolicismo tras el Vaticano II y cuyo papel creció desde el Vaticano I con la proclamación del “dogma de la Inmaculada Concepción”), por la nueva era de “Acuario” en donde regirá… la mujer y se tenderá a la desvalorización de lo masculino.

Estos delirios ideológicos son los que han dado pie a las “ideologías de género”. Basta con leer el boletín de la UNESCO y seguir las informaciones diarias para ver que, tras esa hojarasca de seleccionar “patrimonio de la humanidad”, “patrimonios inmateriales de la humanidad” y demás, lo esencial es la “ingeniería social” y lo que, en esos círculos se llama, “ayudar al parto de la nueva era”.

Se cierra, pues, un círculo: si las primeras sufraguistas eran, frecuentemente, ocultistas y espiritistas, si el feminismo norteamericano de los años 60 tendía con frecuencia a exaltar el papel de la “witch” (bruja) y la espiritualidad femenina, el neofeminismo actual, tiene como principal promotor a la secta, derivada del teosofismo y que tiene a Alice Ann Bailey como inspiradora (sus obras, decía, que estaban escritas por “clariaudiencia” y dictadas por los “guías espirituales de la humanidad”). De una superstición a otra, pasando por el mito de la bruja como quintaesencia de la mujer…

¿Díganme si no es para quejarse de toda esta locura?

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