Manuel P. Villatoro

La llegada de la tricolor el 14 de abril de 1931 marcó el inicio de un período tan convulso como desconcertante. Durante el lustro previo al 18 de julio de 1936 (la jornada en la que comenzó el alzamiento militar) no pocos generales navegaban entre dos aguas: la lealtad al régimen que ostentaba el poder (y del que dependía su futuro en el escalafón del ejército) y sus verdaderos deseos políticos. Eso hizo que oficiales como el africanista Francisco Franco lucieran la careta republicana frente al gobierno de Madrid y fueran cautos en extremo antes de mover ficha. Ya lo dijo José Sanjurjo en 1932 cuando supo que el futuro Generalísimo se negaba a apoyar la sublevación que había organizado en Andalucía: «Franquito es un cuquito que va a lo suyito».

Eso explica que Franco, tildado con sorna «Miss Islas Canarias 1936» por la cautela que mostraba, se mantuviera leal a la Segunda República hasta el último momento. Y eso demuestra también por qué varios ministros de la época le mostraban una fe ciega. Sin embargo, de entre todos aquellos que alabaron sus decisiones como general, hubo un político que tenía especial devoción por él: Diego Hidalgo. Ministro de la Guerra por el partido de Alejandro Lerroux entre el 23 de enero y el 16 de noviembre de 1934, este reconocido notario confió en el del Ferrol para sofocar la Revolución socialista de Asturias y le calificó, en uno de sus libros («¿Por qué fui lanzado del Ministerio de la Guerra?», reeditado por Drácena en 2015), de hombre leal, de «clara inteligencia» y de «extraordinarios conocimientos militares».

Ser el encargado de aplastar la Revolución de Asturias, así como su estrecha relación con Franco (uno de sus principales consejeros en 1934), llevó a Hidalgo a ser considerado un enemigo del gobierno de Madrid cuando comenzó el Alzamiento. Por desgracia para él las relaciones con el Bando Nacional no fueron mejores, pues sus líderes le veían como un convencido republicano que había alabado el régimen implantado en la URSS por Vladimir Lenin. Acabó, en definitiva, odiado por uno y otro lado y se convirtió en un gris dentro de un país de blancos y negros.

En todo caso, y según explica en el prólogo de la reeditada obra el catedrático de historia José Álvarez Junco, lo que es innegable es que Hidalgo fue un firme defensor del sistema establecido en 1931. «Le tocó representar en la historia de España el difícil papel de republicano de orden. Republicano lo era, desde luego, sincero y de larga trayectoria. Le venía de familia y, tras no haberse comprometido ni con la monarquía ni con la dictadura de Primo de Rivera, lo hizo desde el primer momento con el régimen iniciado en abril». Para su mala suerte, se sentó en la poltrona ministerial en uno de los peores momentos para la Segunda República.

Hacia la Revolución

Pero vayamos por partes, pues la llamada Revolución de Asturias no se fraguó en una tarde de locura sindicalista. Su origen hunde sus raíces en las turbulencias políticas que se vivían en la España de los treinta. Un país que, a pesar de atravesar una época mitificada por algunos nostálgicos, ya empezaba a polarizarse entre los dos bandos que -a la postre- combatirían en la Guerra Civil. No hay más que girar la vista hasta 1933, cuando el Partido Radical de Lerroux y la CEDA de José María Gil Robles empezaron a ganar terreno a la dañada coalición de republicanos y socialistas. Esta situación, palpable desde comienzos de año y molesta hasta el extremo para los partidos más progresistas, terminó de hacerse patente cuando, durante las elecciones municipales de principios de año, el PSOE y sus aliados se llevaron sus primeros varapalos.

Según explica el historiador Mariano García de las Heras en su extenso dossier «La revolución de Asturias, ¿primer acto de la Guerra Civil?», aquello soliviantó a los dirigentes socialistas lo suficiente como para tomar dos decisiones. Por un lado, empezar a usar una terminología revolucionara que irritara a los trabajadores y les concienciara de los supuestos peligros de que la derecha tomara el poder. Por otro, separarse de sus clásicos compañeros de viaje y presentar una candidatura única (todo ello, a pesar de que el sistema fomentaba las coaliciones). Francisco Largo Caballero, peso pesado del partido (aunque no líder por entonces del mismo), no tardó en repetir hasta la saciedad que, en el caso de que tuvieran que enfrentarse a una derrota electoral, «no dudarían en provocar una revolución que devolviera a la República a la senda del socialismo».

A este ala extremista del PSOE se sumaron otros tantos políticos desencantados con el devenir que había tomado la Segunda República, la CNT y UGT. El ambiente no podía ser peor y se recrudeció en noviembre cuando, como se esperaba, la debacle del PSOE aupó al Partido Radical y a la CEDA. Lerroux, por si fuera poco, no tardó en intentar formar gobierno con Gil Robles; el mismo líder que se había declarado «cercano» a las ideas de Adolf Hitler, Benito Mussolini y el canciller austríaco Engelbert Dollfuss (abanderado de la extrema derecha del país). Los peores temores, aquellos que se fomentaban desde hacía un año, empezaban a hacerse realidad entre los grupos progresistas.

Las posiciones terminaron de radicalizarse cuando, a comienzos de 1934, Largo Caballero se hizo con el poder del PSOE y clamó contra sus contrarios. Para entonces Luis Araquistáin, uno de sus más estrechos colaboradores, ya había repetido hasta la saciedad que solo había una respuesta efectiva contra el «fascismo», la «destrucción del Estado capitalista». De forma paralela, la UGT y la CNT empezaron a forjar la llamada Alianza Obrera, cuyo objetivo era alzarse en armas al calor de las soflamas -y con el apoyo socialista- si la CEDA asomaba la cabeza en el gobierno. Con todo, hay que decir que fue solo la facción norte de este grupo la que aseguró que tomaría «las posiciones pertinentes ante los posibles acontecimientos que pudieran sucederse».

Todo este barril de tensiones explotó el 4 de octubre de 1934 cuando, en palabras de García de las Heras, se publicó la lista que configuraba el nuevo gobierno de la República. «La CEDA había entrado por primera vez en el Gobierno con tres ministros. El hecho de que el partido acariciara el poder propició la excusa perfecta a los defensores de la revolución: había llegado el momento de frenar el avance fascista», explica. La reacción fue contundente en Asturias y tibia en Madrid, León y Palencia. Pocas regiones más secundaron la huelga general a la que se había llamado desde hacía semanas. Aunque, en el caso del norte, fue la crónica de una muerte anunciada, como explicó el mismo Lerroux meses después: «Cuando el gobierno tomó posesión, se anunciaba inmediatamente un estallido».

Franco, consejero y amigo

Al comenzar la Revolución de Asturias el ministro de la Guerra era nuestro protagonista, Diego Hidalgo. El mismo hombre que había viajado a la Unión Soviética y había fundado, pocos meses antes, la Asociación de Amigos de la URSS en España. Este personaje fue el que confió en Francisco Franco para apaciguar la sublevación después de que, el 6 de octubre, se declarara el estado de guerra en el norte y la responsabilidad de acabar con el movimiento recayera en sus manos. El que fuera uno de los notarios más exitosos de los años treinta dejó constancia a finales de 1934 de la seguridad que le ofrecía Franco en la obra que, el pasado 2015, reeditó Drácena: «A Franco, por su valía, por su pericia militar y por su lealtad al régimen, le he tenido a mi lado para que me asesorara en todos estos acontecimientos».

Lo cierto es que no hacía mucho que había tenido el primer contacto con él. Sin embargo, ese tiempo fue suficiente para que se ganara su confianza. «Conocí a este general en Madrid en el mes de febrero. Le traté por primera vez en mi viaje a Baleares, y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa». Con eso le bastó para forjarse una opinión favorable del general africanista. «Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares, y sus actividades y capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su compresión y su cultura están puestas siempre al servicio de las armas». También dejó escrito que tenía virtudes como «la ponderación al examinar, analizar, inquirir y desarrollar los problemas».

No fueron las únicas bondades que dejó escritas sobre Francisco Franco. Entre los elogios que le dedicó destaca el de ser «minucioso en el detalle, exacto en el servicio, concreto en la observación, duro en la Ordenanza». Todo ello, acompañado de un carácter «exigente, a la vez que comprensivo, tranquilo y decidido». En palabras de Hidalgo, el del Ferrol «no divaga jamás» y mostraba «extraordinarios conocimientos» sobre la técnica en la guerra moderna. «Franco, en el silencio de su despacho, lleva muchos años, los años de la paz, consagrado a documentarse. El estudio ha dado sus frutos, y hoy bien puede afirmarse que no hay secretos para este militar en el arte de la guerra», dejó sobre blanco.

Nublado por la imagen de militar eficiente y leal que mostraba Francisco Franco de cara al gobierno, Hidalgo siempre le tuvo cerca y le invitó, varias veces, a presenciar maniobras militares junto a los altos cargos republicanos. Para él era un «comentarista singularmente capacitado para el asesoramiento». Era, en definitiva, una de sus manos derechas. «Un ministro tiene siempre el derecho y el deber de buscar libremente quien le asesore, ayude y acompañe. En momentos agudos, en los que los organismos del Ministerio trabajan a gran presión, era, además, perfectamente explicable que un ministro acumulase junto a sí cuantos elementos estimara convenientes para lograr con éxito y rapidez resolver airosamente una grave perturbación del orden público», escribió.

Hidalgo recompensó a Franco con creces por ser su consejero. Lo hizo nombrándole general después de que un decreto emitido el 28 de enero de 1933 le anulara el ascenso que había obtenido en 1926 y le convirtiera en uno de los militares «congelados» (aquellos que fueron ascendidos durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera y de los que recelaba Manuel Azaña). «A la letra de la ley, en las páginas del Anuario militar, el general Franco aparecía en uno de los últimos lugares, pero en mi ánimo estaba el primero. Y hoy, ya fuera del puesto que he ocupado, bien puedo vanagloriarme de que haya sido durante mi actuación el ascenso a divisionario [general de División] del general Franco».

Lo cierto es que Hidalgo no fue el único republicano que se dejó cautivar por Franco. En Oviedo, por ejemplo, el futuro Generalísimo fue nombrado hijo adoptivo por ser el «libertador de Asturias» y «llevar desde Madrid toda la organización de las fuerzas que habían de venir en defensa de esta provincia». Sí fue, no obstante, quien le descubrió, si es que puede decirse así. Y, de hecho, el ministro se vanaglorió de ello en el mencionado libro: «Todos […] han ponderado la meritoria y eficacísima labor de este general, pero ninguno ha tenido una sola palabra de elogio para el ministro que le nombró. Tengo derecho a enterar al país que ese ministro fui yo, y que sin haber hecho yo el nombramiento, el general Franco, con su técnica y sus admirables condiciones, hubiera presenciado los sucesos de Asturias a través de la prensa en las lejanías de las islas Baleares».

Fuente: ABC

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