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Juan Gabriel Caro Rivera

En su libro de La Cuarta Teoría Política, el profesor Alexander Dugin intenta hacer una evaluación sistemática de las corrientes y movimientos que componen el conservadurismo y el significado del postmodernismo para las sociedades contemporáneas. En ese sentido, el capítulo comienza con una exposición sistemática de como la Modernidad, otrora señora hegemónica de todos los discursos sobre la realidad, comienza a desintegrarse progresivamente y a ser suplantada por un fenómeno nuevo que muchos filósofos denominan la Postmodernidad. La Postmodernidad es la sustitución de los discursos de la Modernidad por un nuevo paradigma mucho más radical que deconstruye todas aquellas certezas que la Modernidad había erigido como máximas y principios fundamentales que sustentaban su propia lógica: el individuo, la realidad, la razón, la libertad y la naturaleza comienzan a ser cuestionados por el mismo desarrollo del paradigma moderno que muta desde una perspectiva moderna a una postmoderna. El individuo estalla y se disuelve en la esquizo-masa que alaban Deleuze y Guattari; la realidad es absorbida por la virtualidad; la razón se hace añicos en el proceso de la deconstrucción; la libertad se convierte en la liberación de todas las formas de identidad colectica; y finalmente, la naturaleza se convierte en una materia en eterno movimiento cuya evolución puede ser controlada por medio de una dictadura técnico-científica. El mundo postmoderno es por tanto la continuación de este proceso de descomposición que ya había iniciado en los albores de la Modernidad, pero que solo ahora adquiere una realidad fundamental en la que convergen la totalidad de estos procesos de un modo sistemático.

Ahora bien, es en este devenir de lo moderno a lo postmoderno, que se empiezan a presentar todas las paradojas de la libertad como una imposibilidad de negar este proceso, es decir, la imposibilidad de decir “no” a los cambios estructurales que están transformando el mundo por medio de este proceso histórico. Primero la Modernidad, y luego la Postmodernidad, se convierten en procesos lógicos y secuenciales que se asumen como un progreso, como una realidad inevitable que debe afirmarse en contra de la voluntad humana. En todo caso, es bueno señalar que existen polos o centros donde estos procesos de transformación han adquirido un sentido histórico tendencial que es coherente con esta lógica de la historia: en primer lugar, es necesario nombrar las naciones de Europa Occidental y, sobre todo, Estados Unidos de América, como territorios donde estas propuestas de la sociedad, la cultura, la tecnología y las tendencias históricas han seguido un camino secuencial progresivo y sin rupturas. Fue en estos territorios donde surgió la Modernidad como unipolaridad geopolítica, económica y científica, como polo de la libertad donde se construyeron y pusieron a prueba todos estos proyectos que hoy devienen la Postmodernidad, la ideología actual de la unipolaridad representada por la globalización, donde los signos se hacen universales. En este proceso de unipolarismo, se ha producido un fenómeno curioso: el hombre, el sujeto moderno, se ha aburrido de sí mismo y ha comenzado a demolerse para dar nacimiento a identidades alternativas: mutantes, ciborgs, quimeras, entidades amorfas y mal definidas que ya comienzan a pulular en las zonas urbanas de todo el mundo o en las redes sociales conectadas por medio de internet.

Para demostrar la irreversibilidad de estas transformaciones estructurales, el profesor Dugin señala la metafísica de la lavadora y de la alta tecnología como medios mediante los cuales se ha establecido el liberalismo. La tecnología, con su concepción implícita del progreso, se habría convertido en la prueba última de cómo estas transformaciones afectan a todo el mundo, independientemente del carácter confesional o cultural de un pueblo o nación: las tribus africanas, los nómadas de las estepas, los ortodoxos o los musulmanes usan celulares, lavadoras y carros motorizados sin importar sus diferencias raciales, sociales o religiosas. De ese modo ese “no” ante el avance irrefrenable del tiempo histórico sería imposible: en el mejor de los casos se trataría de un simple obstáculo sin ningún contenido, en el peor una forma de resistencia sin futuro. Es aquí donde el profesor Dugin observa que este determinismo histórico es el resultado de una estructura profunda que está anclada en la concepción del Logos en Occidente, cuyos orígenes, siguiendo a Heidegger, podemos rastrear en toda la historia de la metafísica, desde sus orígenes hasta nosotros.

Ante este desafío lanzado por la Modernidad y la Postmodernidad de la imposibilidad de negar la irreversibilidad del tiempo histórico y de las transformaciones sociales, culturales, psicológicas e históricas que han acontecido, sin embargo, encontramos una corriente de autores y propuestas que están dispuestos a decir “no” a la historia, al progreso, a las ideologías o a la tecnología. Esta corriente es identificada como el conservadurismo, cuya esencia sería el combate contra la podredumbre y la degradación producidas por el paradigma de la Modernidad y su desplazamiento hacia la postmodernidad. Es así como el conservadurismo realizaría un acto de resistencia en contra de los vectores lineales del progreso y contra los sujetos rizomáticos o postsujetos creados por la misma. Esta oposición al tiempo histórico tomaría tres formas distintas que configurarían la lógica elemental a través de la cual se irían configurando distintas formas de conservadurismo. De este modo se diferenciarían tres familias y una serie de subfamilias incluidas en la primera. El profesor Dugin clasifica estas formas de conservadurismo en las siguientes categorías:

  • Conservadurismo fundamental o tradicionalismo.
  • Conservadurismo liberal.
  • Revolución Conservadora.
  • Conservadurismo de izquierda o social, eurasianismo y neo-eurasianismo.

El conservadurismo fundamental o tradicionalismo sería una categoría filosófica y sociológica que incluiría a toda una serie de movimientos que negarían la Modernidad en su conjunto y no solo sus efectos o partes del mismo. Los tradicionalistas serían entonces aquellos que expresarían un “no” tajante contra el progreso, la sociedad industrial, el liberalismo, el pensamientos materialista y científico. Para el tradicionalismo, se trataría más bien de preservar las sociedades premodernas en contra de las sociedades modernas concebidas como dice el profesor Dugin en tanto un mundo de alienación donde la Iglesia a apostatado, el poder temporal sirve al mal y donde todo a comenzado a transformarse en su opuesto. “Ellos”, dice Dugin, “describen la sociedad tradicional como un ideal atemporal y el mundo contemporáneo de la modernidad y sus principios fundacionales como un producto de la Caída, de la degeneración, de la degradación, de la mezcla de castas, de la descomposición de la jerarquía y del cambio de enfoque de lo espiritual a lo material, del cielo a la tierra, de lo eterno a lo efímero, y así sucesivamente”. Para Dugin este sería el paradigma por excelencia del conservadurismo real, basado en una lógica y disciplina perfectas que atacan todos los aspectos y fases de la sociedad contemporánea sin dejar piedra sobre piedra. Sus representantes serían René Guénon, Julius Evola, Titus Burckhart, Loepold Ziegler y otros autores. Este conservadurismo fundamentalista habría sido olvidado y dejado de lado por las ciencias sociales debido a que los grupos sociales que lo representaban (campesinos, aristócratas, sacerdotes, artesanos, etc.) habrían sido destruidos o expulsados de la vida pública. Sin embargo, se encontrarían restos de estas tendencias en diferentes corrientes religiosas cristianas (católicos vetus ordo, viejos creyentes ortodoxos, protestantes fundamentalistas, musulmanes y distintas sociedades premodernas que siguen existiendo hoy día). Estos grupos serían considerados con desaprobación por el paradigma de la Modernidad, pues la forma en que opera su lógica y sus análisis de la realidad iría en contra de la tendencia liberal moderna de la racionalidad científica.

La segunda forma de conservadurismo que se describe sería el conservadurismo liberal, es decir, el conservadurismo que acepta parte o gran parte del paradigma moderno y que simplemente rechaza parte de las tendencias más vanguardistas del progreso. Este conservadurismo habría nacido con la Modernidad y sería en sí uno de los herederos de la misma, un defensor del status quo. La forma en cómo se relaciona con el “no” frente al tiempo no es la negación del mismo y la exaltación del pasado, como con el tradicionalismo, sino más bien el conducirse con cuidado e ir frenando los procesos de aceleración del progreso histórico cuando ve que la locomotora del mismo conduce hacia un callejón sin salida o un desastre total. Este conservadurismo le teme a la velocidad y no comparte el gusto de los postmodernos por ir demasiado lejos. El conservador liberal defiende el fin de la historia como el elemento central por medio del cual se puede poner punto final al proceso de la evolución humana. “Por lo tanto, el programa del conservadurismo liberal es la defensa de la libertad, de los derechos humanos, de la autonomía del ser humano, del progreso y de la igualdad, pero por medio de la evolución, no de la revolución”. El conservadurismo liberal se caracteriza por despreciar el comunismo, pero también por despreciar a los tradicionalistas a quienes no comprende ni entiende. Este conservadurismo también seria fundamentalmente anticomunista, viendo en toda manifestación de izquierdismo la amenaza y el complot de una toma del poder global de los “rojos”, además de atacar a las formas más fundamentalistas de resistencia contra el mundo moderno, viéndolas como la oscuridad infinita de un pozo sin fondo desde donde podrían emerger todas las formas de Tradición que demolerían el orden actual. El profesor Dugin ilustra todo esto poniendo el ejemplo de la imagen del Che Guevara, que hoy se ha convertido en un icono de la cultura de masa que vende celulares y decora las camisas de la juventud ociosa burguesa, y de Bin Laden, quien se ha convertido en un signo de las fuerzas de la Tradición contra las que lucho la Modernidad. En el primer caso, el Che Guevara pasó de ser un comunista que desafiaba el orden capitalista a una bufonería a la que se trasviste y pervierte para justificar las nuevas identidades nacidas en la Postmodernidad. En el segundo caso se trataría de algo mucho más serio y tenebroso que se esconde en las profundidades de la noche y que podría volver una vez que la realidad creada por la Modernidad comienza a desintegrarse debido a la erosión producida por la deconstrucción postmoderna. El conservadurismo liberal, por tanto, teme la relativización del paradigma de la Modernidad y por ello intenta pisar el freno con fuerza para evitar la disolución de todo en medio de un nihilismo sin fondo.

La tercera forma de conservadurismo seria la revolución conservadora, nombre que se le habría dado a una serie de pensadores, sobre todo alemanes, que se habrían opuesto a la sociedad moderna, pero no en nombre del ayer, como los tradicionalistas, ni en nombre del ir más lento, como los conservadores liberales, sino que su oposición tendría un principio metafísico fundamental cuyo sentido solo puede ser entendido desde una perspectiva escatológica. Los revolucionarios conservadores comparten la visión de los tradicionalistas de que no solo las fuerzas del mal, sino también las del mercado, la economía y la sociedad moderna habían minado y degrada todas las manifestaciones de la eternidad, pero en medio de todo esto ellos se preguntarían: ¿Cómo pudo ser posible que la religión se convirtiera en ateísmo, la vida espiritual y ascética se convirtiera en la depravación y el consumo? ¿Por qué las sociedades religiosas, tradicionales y jerárquicas dieron nacimiento a un mundo secularizado, igualitario y democrático? Para los revolucionarios conservadores esta transformación no es fruto de un accidente o una simple casualidad, sino que es la manifestación de un misterio profundo que se encuentra en la misma Fuente, en la Causa Primera, en el Ser mismo. Para los revolucionarios conservadores no se trataría, entonces, de oponer el presente al pasado, o de intentar revertir el tiempo, sino de ir más allá, hacia los mismos principios de la realidad para encontrar la enfermedad que ha carcomido por completo la manifestación del Ser. “Los conservadores revolucionarios quieren no solo detener el tiempo, como los conservadores liberales, o volver al pasado, como los tradicionalistas. Ellos quieren sacar de la estructura del mundo las raíces del mal para abolir el tiempo como una cualidad destructiva de la realidad y, al hacerlo, cumplir así algún tipo de secreto paralelo, la intención no evidente de la propia Deidad”. En este sentido, el profesor Dugin explica que la tarea de toda la filosofía de Martin Heidegger y su lucha contra la metafísica occidental ha estado guiada por este intento de desentrañar en la reflexión misma del Ser el mal que condujo hacia el nihilismo contemporáneo.

Para el profesor Dugin, la revolución conservadora sería la corriente más interesante desde un punto de vista filosófico, pues ella misma no intentaría parar la revolución, sino de conducir la revolución hacia otro fin y otro objetivo distinto. La Postmodernidad ofrecería un mundo sin salida, donde al final de la historia los televisores, las luces de neón, los bares, las discotecas y las operaciones financieras funcionarían sin cesar. Ya no existe la historia, pero continúan produciendo eventos que ya no trastornan la realidad y la vida. Los revolucionarios conservadores se harían solidarios con ciertos elementos de estos procesos destructivos, pues en ellos encontrarían una forma de ir impulsando su propia lucha al destruir todas las estructuras corrompidas y degradadas que ya no tendrían salvación. No obstante, a diferencia de los liberales y los postmodernos, ellos no esperan de esta destrucción la llegada del nihilismo y la imposición de un mundo posthumano, sino que al final de este proceso esperan extraer de la nada, del fondo de la nada, la llama que brilla en la oscuridad de la noche y en la que se encuentra la manifestación real de la Eternidad: “dejemos que la bufonería de la postmodernidad siga su curso; dejemos que erosione los paradigmas definidos, el ego, el super-ego y el logos; dejemos que se una con los rizomas, las masas esquizofrénicas y la conciencia fragmentada; que la nada se lleve toda la sustancia del mundo y, entonces, se abrirán las puertas secretas y los arquetipos ontológicos antiguos y eternos vendrán a la superficie y, de una manera terrible, terminaran el juego”. Si el tiempo es cíclico, entonces, a pesar de que estamos avanzando en un proceso de degradación continuo donde volvemos al comienzo del mismo, significa que estamos más cerca del comienzo que nunca antes y, por tanto, estamos llegando al momento decisivo en el que emergerá, como una avalancha, la gloria de la Edad de Oro que una vez habíamos perdido.

Finalmente, tenemos el paradigma del conservadurismo social de izquierda, que puede ser clasificado como parte de la revolución conservadora, y que incluiría autores como Georges Sorel, Ernst Niekisch, los hemanos Strasser o Ustrialov, quienes detrás de los procesos revolucionarios socialistas vislumbraron viejos mitos y formas tradicionales que pretendían restablecer las formas eternas de la realidad perdida. Entre esta subfamilia, el profesor Dugin también pone al eurasianismo y al neoeurasianismo, como la respuesta rusa al paradigma de la Modernidad y la Postmodernidad. En este sentido, el eurasianismo fue una corriente que desafío el paradigma de la Modernidad como único destino de la historia de la humanidad. Los eurasianistas promovieron, en cambio, la multiplicidad de culturas y tiempos históricos, en los que cada sociedad, cultura o civilización tendrían su propio ritmo de nacimiento, crecimiento y muerte. Posteriormente, el neoeurasianismo retomaría las críticas de los eurasianistas, pero intentaría complementar sus trabajos por medio de estudios teológicos, socio-étnicos y geopolíticos que estarían conectados con el estructuralismo francés y sus aportaciones al campo de estudio de la mitología y la antropología.

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