Libros Recomendados

 

Andrés Bartolomé

El Tribunal Supremo no autoriza la consulta del sumario del juicio del 23-F hasta que hayan pasado 25 años de la muerte de los procesados o 50 desde el golpe de Estado. Así que no faltan las incógnitas y los supuestos de aquella jornada en la mente de todos los españoles que tenía tres puntos clave: la toma del Congreso de los Diputados, la intervención de la División Acorazada Brunete (DAC) y la incorporación a la sublevación de los capitanes generales tras el bando que se haría público en Valencia ese día.

La situación se ha descrito como el mejor caldo de cultivo para lo que estaba por venir, que había tenido su precedente en la «operación Galaxia» (1978), urdida por el teniente coronel Antonio Tejero Molina y, entre otros, el capitán de la Policía Armada Ricardo Sáenz de Ynestrillas.

Una grave crisis económica, los repetidos atentados terroristas de ETA, la descentralización del país –que preocupaba especialmente al principal protagonista de esa tarde-noche de febrero, Antonio Tejero– y un Gobierno a la deriva como el de Adolfo Suárez, que precisamente ese día vivía en la Cámara Baja su partida de defunción, fueron los ingredientes sobre los que se mascó la asonada, cuyo objetivo era activar la «operación De Gaulle» –devenida en «solución Armada»– para situar a un alto mando castrense como presidente de un Gobierno de concentración.

Entre los interrogantes está el papel del Rey Don Juan Carlos, que en la versión más benévola se dice que desconocía el golpe, pero no el rumor que corría tiempo atrás en círculos del Ejército. Otra «x» a despejar es la identidad del «Elefante Blanco», la «máxima autoridad» que debía asumir el mando, papel que se ha atribuido a Alfonso Armada en una lista en la que figura el teniente general Jaime Milans del Bosch, ambos monárquicos convencidos.

Pero también están por aclarar el protagonismo de la AOME, la unidad operativa del CESID, con el comandante José Luis Cortina como personaje clave; el papel de la CIA –Estados Unidos puso en alerta las bases americanas el 20 de febrero, situó a la VI Flota frente a las costas de Valencia y desplegó un avión espía Awacs en Lisboa–, y el destino del centenar de grabaciones que registraron las llamadas hechas desde el Congreso ese 23-F. Sin olvidar un detalle harto curioso: los hijos del Rey no fueron al colegio ese día, ni tampoco los de los militares americanos destinados en la base de Torrejón de Ardoz.

Un civil y 32 militares fueron procesados. Solo tres fueron absueltos. Una quincena de oficiales del Ejército y de la Guardia Civil recibieron condenas de uno a tres años de cárcel. De los protagonistas de la intentona han fallecido ya Milans del Bosch, Armada, Luis Torres Rojas, José Ignacio San Martín, Diego Ibáñez Inglés y Pedro Mas Oliver. También dos personajes menos relevantes implicados: el capitán de navío Camilo Menéndez Vives y el civil Juan García Carrés [dirigente del Sindicato Vertical durante el régimen de Franco] e involucrado en la matanza de Atocha en 1977.

A día de hoy, cumplidas sus condenas hace años, los supervivientes del núcleo duro del 23-F, el ex teniente coronel Tejero y el ex comandante Pardo Zancada viven en Madrid, aunque el primero pasa largas temporadas en Málaga. También reside en la capital el que fuera capitán de la Guardia Civil Jesús Muñecas.

«¡Quieto todo el mundo!»

Antonio Tejero no descuelga el teléfono. Y si alguien atiende al otro lado es Carmen Díez, su mujer, que filtra a los interlocutores con un aparato desde el que no se responde a los mensajes. A punto de cumplirse 40 años del asalto al Congreso, su máxima sigue siendo el silencio. En dos ocasiones en los últimos años le hemos abordado con nulo resultado. Ni siquiera ayudó el intentarlo en el terreno más propicio, en zona castrense –el casino militar de Madrid– y rodeado de militares –de paisano– acompañados de sus familias. «Me acuerdo perfectamente de usted, pero insisto, no voy a decir nada», fue su tajante respuesta la última vez. Volvimos a verle, a distancia, cuando intentaba saltarse el cordón del perímetro de acceso al cementerio de Mingorrubio (El Pardo), el día de la inhumación de Franco, donde su su hijo Ramón, sacerdote, ofició la misa para la familia Franco.

El número de teléfono de Tejero ha sido marcado de forma insistente estos días, pero dejó claro que «no iba a atender a nadie», explica Álvaro Romero, escritor y editor que mantiene una relación de amistad con él desde hace diez años y que acaba de publicar «Tejero, un hombre de honor» (SND Editores). El protagonista no contesta, y los mensajes que le envíamos registran –días después– un doble check azul que confirma su lectura, pero no hay respuesta desde la ubicación del receptor, que hace vida entre Madrid y Málaga, su tierra natal, desde hace años.

En una de sus raras declaraciones a la prensa, el que fuera teniente coronel de la Guardia Civil respondió en 2006 a una periodista del diario «La Repubblica»: «Perdone, señorita, yo de aquel día no hablo, porque no sé qué ocurrió aquel día». Y añadió: «Quien habría debido hablar, se calló. Alguien traicionó, hay demasiadas sombras todavía. Yo cumplí con mi deber de español, he pagado por culpas que no tengo. La historia lo dirá». Las elucubraciones sobre su papel le sitúan como mero comparsa de un levantamiento en el que al final ve traicionadas sus convicciones.

Esta misma semana, en el prólogo de ese libro editado por Romero, el propio Antonio Tejero asegura que «todo lo hizo pensando en Dios, en nuestra Patria Hispana y en la justicia y el honor del Ejército y en especial en el de la Guardia Civil, a la que respeto y quiero con todas mis fuerzas y le he ofrecido mi vida en cuantas ocasiones me fue necesario». Nombra además «a los oficiales, suboficiales y guardias que fueron a mis órdenes al Congreso, con la esperanza de terminar con los asesinatos, sobre todo los pertenecientes al Cuerpo, que eran los más numerosos».

Tejero dice sentirse «obligado» a aclarar algo que «nunca se dijo» sobre la famosa escena de «unos guardias saltando por una ventana del Congreso», y es que «había sido ordenado por el general Constantino que estaba ordenándoles que saltaran desde enfrente y recogidos por los comandantes Sanz Aranda y Barriocanal. Pero para mí todos, todos los guardias civiles que fueron a mis órdenes fueron íntegros y honrosos».

 

Las directrices de la "Operación Diana", las "instrucciones a las unidades" escritas por Pardo Zancada y una tarjeta de puño y letra de Armada pidiendo a Juste que testifique a su favorDOCUMENTOSLA RAZÓN 

Antonio Tejero hace un breve repaso de su trayectoria, donde queda patente su preocupación por las víctimas del terrorismo, a las que califica de «héroes» y, asegura, «no ha habido justicia alguna para ellos al darles de lado». «En el espíritu están todos», apunta, «desde el guardia civil Pardines y el comisario Melitón Manzanas hasta el último masacrado por los asesinos de ETA, hoy amigos de los actuales dirigentes de nuestra Patria». Él mismo rememora su «estancia en Vascongadas», que «marcó indeleblemente nuestras vidas por la situación de terrorismo que vivimos durante tres años», ya que «mis hijos estaban amenazados por ETA porque era jefe de las comandancias de Álava y San Sebastián, y allí se dieron cuenta del verdadero amor a la Patria».

Instrucciones a la tropa: «Fuego a dar»

Entre los documentos del general Juste se encuentran las directrices de la «Operación Diana», prevista para casos de emergencia nacional, que facilitó la acción de los golpistas, y que preveía la toma de Madrid por la Acorazada Brunete. También hay anotaciones a mano con «instrucciones para las unidades» por parte del comandante Pardo Zancada: «En la calle no consentir grupos de ninguna significación»; «No consentir que hablen los soldados y la población civil»; «Si alguna masa se aproxima a la fuerza armada, orden de alto con disparo al aire. Disparo al suelo. Fuego a dar».

La familia es un pilar para Tejero. Casado con Carmen Díez, tienen seis hijos y dieciséis nietos. Así que, escribe, «no tengo más remedio que citar a mi mujer y a mis hijos. Mi esposa, hija del Cuerpo y nuestros hijos, criados en casas cuarteles». Y continúa: «Ella, mi Carmen, que estuvo a mi lado todos los sucesos con su rotunda frase de “Si esto te lo reclama tu honor y el juramento que le hiciste a la Patria haz lo que sea mejor para ella, yo estaré aquí con tus hijos ayudándote”». Mi mujer, siempre valiente, que junto a su marido se pone en la defensa de sus ideas de Patria, Justicia y Honor. Para mí es una mujer gigante y la sitúo entre las mas valientes de nuestra España».

Asegura Tejero que «desde 1975» –fecha de la muerte de Franco «me duele España porque constantemente la están hiriendo». Para alguien que considera que ser español es «lo mejor del mundo», el «problema que tiene España son Cataluña y Vascongadas; todos los demás son menores».

El destituido teniente coronel de la Guardia Civil explica que precisamente esa preocupación es la raíz del episodio que marcaría su vida, pues al ver «los tejemanejes de Suárez con Cataluña y Vascongadas y pensando que podíamos ayudar en algo, hablé con compañeros que puse a las órdenes del General Miláns del Bosch y surgió el 23-F, que ha sido un luto muy importante en mi vida que me costó mi carrera y mi libertad, pero a pesar de ello no me arrepiento de haberlo intentado».

Sobre la actualidad, Antonio Tejero, que fundó en 1982 el partido Solidaridad Española, «defendiendo las ideas de Dios y Patria», es pesimista. Del aborto piensa que es «un asesinato incomprensible»; considera la eutanasia «una especie de suicidio, que en ocasiones puede ser asesinato innecesario habiendo excelentes cuidados paliativos». Se refiere a la masonería, «desde su fundación enemiga del catolicismo y por tanto de España», como «causa de muchos de nuestros males en América y en la metrópoli», y cree que «actualmente juega un papel importante en nuestras desgracias». El ex jefe de la Benemérita ve «bastante negro» el futuro de España, «ya que la furia española solo se usa en el fútbol y ningún partido político tiene brío, quizás Vox si no le tuvieran miedo podría ser un remedio, pero lo veo lejano».

Acerca del papel de Alfonso Armada el 23-F, lamenta Tejero que «pudo haberme dicho la trampa que me preparaban, y no lo hizo». Y entre quienes le hubiera gustado que «no pasaran» por su vida cita a «Martín Villa, Suárez y el Rey Juan Carlos».

«No va a ocurrir nada»

El ex capitán de la Guardia Civil Jesús Muñecas Aguilar, gran amigo de Tejero, es el primero que se dirige a los miembros de la Cámara para comunicarles la «próxima» llegada de la «autoridad militar, por supuesto», e intenta transmitir un mensaje de calma: «No va a ocurrir nada, estense tranquilos». Hemos marcado su número también, sin respuesta, ni tampoco la hubo a un mensaje posterior.

Refuerzo de madrugada

Aquel 23-F, cuando todo estaba decidido, el comandante Ricardo Pardo Zancada irrumpió en el Congreso a la 1:30 de la madrugada con un centenar de hombres, más en un gesto de solidaridad hacia Tejero que otra cosa. Él sí coge hoy el teléfono: «No tengo ningunas ganas de salir al exterior». «Perdona», dice, «pero me entendéis, ¿verdad?». Apelamos a su condición de periodista (profesión que estudió en la cárcel), pero es en vano. «Tengo un familión, y todas estas cosas ya... Gracias por vuestro interés, pero no voy a decir nada».

«Ni está ni se le espera»

El general José Juste, al frente de la División Acorazada Brunete (DAC) se encontraba de viaje a Zaragoza cuando le pidieron regresar de inmediato al cuartel. A la vuelta se encontró en su despacho de El Pardo al general Luis Torres Rojas, su antecesor en el mando, junto a Pardo Zancada y el coronel José Ignacio San Martín, jefe del Estado Mayor de la División. Juste se da cuenta de que están involucrados en el golpe, pero decide «seguir adelante» para, a continuación, «ir parando a todos», asegura a LA RAZÓN su hijo Alejandro, que tiene los manuscritos y documentos de «máximo secreto» que guardó su padre hasta su muerte en 2010. Asegura que esa estrategia de querer pasar por «el general engañado por sus oficiales levantiscos funcionó», pero «casi fue encausado, además de costarle el ascenso».

Antes de que a las 18:23 la irrupción de Tejero en el Congreso impida la votación del socialista Núñez Encabo, San Martín invita a Pardo Zancada a exponer delante de Juste un «hecho muy importante ante el que no había más remedio que actuar», de «conformidad con el Rey y el apoyo de la Reina», y que Armada «se encontraría en la Zarzuela a las 18:00». Torres Rojas lo confirma, pero la alusión a Doña Sofía «puso inmediatamente en alerta a mi padre», dice Alejandro Juste, ya que la conoció como agregado militar en Roma y Atenas después del «Golpe de los Coroneles» y «sabía de su propia boca y experiencia lo que pensaba de este tipo de actuaciones del estamento militar». Pese a las objeciones de Juste, este se aviene a poner en marcha la «Operación Diana» –informado de que «ya se habían dado órdenes de acuartelar las tropas» sin su consentimiento–. Cuando «comenzó a dar la contraorden», el coronel San Martín le dijo que «ya era imposible», a lo que respondió Juste: «Pues se intenta». Y Torres Rojas insistía: «Estás perdiendo un tiempo precioso». La gran preocupación del general Juste es «comprobar la presencia de Armada» en palacio. Y aquí viene un momento clave. Telefonea a Zarzuela y se pone al teléfono Sabino Fernández Campo, quien le contesta: «Ni está, ni se le espera para nada». José Juste comprende: «Esto lo cambia todo». Llama entonces a su superior inmediato, la máxima autoridad de Madrid, el capitán general Guillermo Quintana Lacaci, franquista y monárquico, quien acaba a su vez de hablar con el Rey. Entre Juste y Quintana logran frenar la toma de la capital por parte de la Brunete.

El hijo del general tiene el «convencimiento» de que su actuación «fue verdaderamente decisiva para abortar el golpe». Como el Rey, que días después sacó del coche a José Juste en la Zarzuela «para abrazarle con gran fuerza un buen rato, y le dijo: “¡Gracias Pepe!”». El general llegó llorando a casa ese día. «Yo le abrí la puerta cuando llegó», recuerda Alejandro. «Mi padre, que era un hombre con con mucho autocontrol emocional y muy distante –nunca sabías qué estaba pensando o sintiendo–, estaba llorando». Y «solo le he visto llorar tres veces», recuerda. Después de aquel día, «sin duda el más feliz de su carrera militar», volvió a verle correr las lágrimas cuando anunció en una Nochebuena en familia «que había decidido tirar las estrellas al ver que no le ascendían». La tercera fue durante su agonía, a punto de morir.

Fuente: La Razón

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

RECOMENDACIONES

El Tiempo por Meteoblue